«No podemos desechar aquellas limitaciones o responsabilidades porque no nos gustan o nos incomodan, arguyendo que son ‘tecnicismos’. Los argumentos pesan por sí.».
Hace una semana, el columnista Cristián Warnken publicaba, en otro medio, una columna en la que celebraba la nominación de Mario Marcel en el Ministerio de Hacienda. En ella, destacaba la prudencia y responsabilidad del futuro ministro y asignaba a la ciencia económica el rol de ser la «ciencia triste» que acaba con nuestros sueños, recordándonos nuestras responsabilidades.
Y es verdad, la economía es la ciencia que nos obliga a priorizar nuestras necesidades para usar nuestros recursos de la mejor manera posible, pero ese no es un problema de la ciencia sino una constatación de la realidad. Si fuera un tema científico, la física y la biología serían las culpables de derrumbar nuestro sueño de volar como las aves o vivir eternamente, o la psicología nos impediría alcanzar la felicidad. No es la ciencia ni la profesión la que nos obliga a tomar decisiones, sino la realidad.
Por eso me parece que, aunque algunos celebren la ausencia de ingenieros comerciales o economistas en el gabinete, es necesario advertir que la realidad seguirá siendo compleja para el próximo gobierno. Indultar (o amnistiar) a los presos de la revuelta, condonar el CAE y la demanda persistente por nuevos retiros de AFP o bonos (que probablemente vendrá) necesitará tomar decisiones. Gobernar a punta de «perdonazos» hará difícil que la sociedad chilena aprenda a hacerse cargo de sus decisiones.
Es necesario que aprendamos a hacernos cargo de nuestras decisiones y, si no es la economía la que nos lo recuerde, será la realidad misma la que lo haga.
Porque la prudencia y responsabilidad no se tratan de mantener el status quo sino de reconocer aquello que es bueno para todos y conseguirlo haciendo que sus beneficios lleguen a la mayor cantidad de gente y sus costos, a los menos. Porque, a veces, nuestras demandas de justicia tienen que ver más con vengar el pasado que con construir un futuro mejor para todos. Y no se trata de olvidar la historia. Al contrario, se trata de reconocer nuestros errores para evitar repetirlos.
Porque no ganamos nada con perseguir a aquellos que no plantaron los árboles que hoy necesitamos. Lo que debemos asumir es que la sociedad necesita que plantemos la semilla hoy para que la sociedad tenga sombra en algún momento.
Y no habrá ministro alguno que escape al tironeo de los extremistas que desechan cualquier llamado a la prudencia y responsabilidad si es que, quienes consideramos razonable que las reformas son urgentes pero que no resultarán si no se hacen de manera gradual, callamos y nos dejamos amedrentar.
La democracia sirve justamente para eso. Si todos entendemos que, para que se alcance la mejor decisión para todos, tenemos el derecho y el deber de escuchar las opiniones de los demás y plantear la nuestra. Si todos entendemos que lo más seguro es que el resultado será distinto de lo que queremos, crece nuestra sociedad.
Pero estas conclusiones no son ni política, ni economía, ni física, biología o psicología. Son la realidad. No podemos desechar aquellas limitaciones o responsabilidades porque no nos gustan o nos incomodan arguyendo que son «tecnicismos». Los argumentos pesan por sí mismos y no dependen de la profesión o la identidad de quien los propone.
Claudio Parés Bengoechea, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción,- |
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